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La verdad



Esa es la verdad. La que sientes cuando tu cuerpo te habla y tu lo puedes escuchar. Esa. Esta misma que me hace estremecer de solo pensarla. De solo pensarte. De solo acordarme de la inmensidad de aquellas ballenas con las que sueño y las cuales repetidamente me recuerdan lo pequeños que somos en este cuerpo pero lo grande que somos en espíritu. O la mariquita que me recordó misteriosamente del poder del amor. Esa. La verdad. Transparente y al parecer simple. Única. Verdadera como la vida y la muerte misma. Verdad de lo que somos. Sin engañar. Sin engañarnos. Sin mentirnos. Que mintamos afuera ya es suficientemente doloroso. Que ocultemos es abrumador. Que nos mintamos es devastador. Porque queda la memoria. La memoria de la piel. La memoria del olfato. Del gusto. Del tacto. De ver la verdad de frente y querernos mentir. Porque la verdad queda en la memoria de nuestros sentidos. Imborrable. Porque es la verdad. Y la verdad no se diluye con nada.



La verdad. De sentirnos libres en un mundo en donde el libre albedrío parece un lujo. Y no!! el libre albedrío es el mayor regalo que tenemos y que no podemos patear. Por más que nos neguemos a recibir muchos regalos en nuestras vidas. Los regalos no son sino belleza. Estética pura de la energía convertida en objetos. En sutileza. Patear los regalos solo es posible cuando estamos desconectados de la verdad. De la realidad de que nuestra vida es ya de por sí nuestro mayor regalo. Y lo somos para nosotros y para otros. Y cada instante a sus lados es el regalo mágico y misterioso de la energía en movimiento de nuestras almas danzando en el vacío del universo. En la mitad de cualquier parte de este planeta. En una casita de plástico porque a ella la sostiene es la verdad y el amor por la tierra. El regalo más poderoso que he recibido en esta vida. Amor por el verde. Por la Tierra. Por esa primer mujer que alberga el poder de la creación en su vientre. Verdaderamente.



La verdad. Lo que es evidentemente claro. Lo que inevitablemente es, a pesar de que nos mientan, nos presionen, nos atrapen, nos esclavicen, nos roben, nos hagan ser quienes no somos. Esa. Esa misma. La que me dice tantas cosas en las noches mientras duermo. Porque es mi espíritu quien me habla clarito y directamente a mi. Sin intermediarios. Sin ningún otro espíritu que interprete para mi lo que mi alma ya sabe. Esa. Esta que siento justo ahora. Con tanta certeza. Con tanto. Sin juicios. Sin ni siquiera prejuicios. No. No lo hago. Porque, ¿para qué? para qué vivir la vida en pre, cuando la puedo vivir plenamente ¿sin adelantarme a lo que no ha llegado? ¿y que posiblemente no llegue? ¿para qué? la vida es este instante en que toco mi teclado. En que deseo con toda la fuerza de mi alma regresar a esos lugares que amo. Estar en este bosque que es mi nido y mi refugio y en el que un Rebulú literal entró a mi bosque para hacerme danzar y mover la energía estancada por años. Simplemente. Sin compasión. Pero con tanto amor que es imposible no recibirlo como el regalo más preciado que he tenido. El más.



Y eso ya es mucho. Porque es verdad y puedo reconocerlo. Aún cuando no haya sido del todo verdad. Aún cuando hayan existido juicios. Aún. Porque yo fui verdadera. Auténtica. Esta que soy y que me revelo. Esta que abruma y desgarra. Esta. Esta que duerme poco, que crea mucho, que cree mucho, que espera y desea y anhela que todos seamos verdaderos. Pero con nosotros mismos. No hay espera. No existe el tiempo y es preciso que en el espacio que tenemos con nosotros nos mueva la verdad. Únicamente. El resto llega. Vuelve a nosotros porque la energía es recíproca. Es producto de esa causa y efecto que nos hará recibir de vuelta todo eso que damos. Eso que nos dice por allá adentro que será fácil o difícil el camino que veremos frente a nosotros. Porque esa sí es la única verdad. Esa que vemos frente a nosotros y nos hace sobrecoger cuando la reconocemos como una gran montaña en frente nuestro que debemos subir o como ese gran camino que debemos emprender para sanar. Para soltar. Para perdonarnos. Para reconocer verdaderamente quienes somos. Y por qué los somos. Y para qué lo somos.



La verdad. Qué fácil es llegar a ella. Qué sencillo reconocerla y serle fiel como a nada más en el mundo. Cómo a nada más. Porque cuando lo hacemos, ella sostiene todo. Nos sostiene todos. Nos abraza y nunca más nos suelta. Y eso te hace ser espontáneo y directo y auténtico y no ocultar nada ni ocultarte nada. Porque no es necesario. No hay que acechar a ninguna presa. Ni camuflarnos en nuestra propia vida para que no nos puedan ver esa luz que somos. No agacharnos ante nadie. Porque la verdad salta desde donde este y lo dice todo. Con nuestro cuerpo. Con nuestras risas. Con el brillo de nuestros ojos. Con la suavidad de nuestras pieles. Con la dulzura de nuestros besos. Con la fortaleza de nuestros abrazos que comunican todo en un instante. Que lo dicen todo con esa verdad tan única de los cuerpos. Con esa que nada ni nadie puede robarnos. Nunca. Porque lo verdadero lo es todo. Y lo sostiene ese amor inmenso que somos. Ese.



La verdad es esta. Una. He amado. He vivido. He sentido. He tocado. He ido y he venido. Y hoy más que nunca me siento completa. Más que nunca he comprendido el significado de ser honesta. De la verdad por encima de cualquier cosa. Así lo que seas y hagas no sea recibido. Porque al final me lo he regalado es a mi misma. No era para nadie mas. Era solo para mi. Y a mi lo vivido y lo amado y lo sentido y lo reído no me lo puede quitar nadie. Es mi propio regalo. Ese que quise para ti. Para muchos. Ese que no puede uno patear…Porque la vida es una. Y es corta. Es este instante. Y es la verdad.



“La vida es corta, rompe reglas, perdona rápido, besa lento, ama de verdad, ríete sin control y nunca dejes de sonreír, por más extraño que sea el motivo. Puede que la vida no sea la fiesta que esperábamos, pero mientras estemos aquí bailemos”.

      • Latin America and the Caribbean
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