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Hay silencios que pesan más que el grito



Hay silencios que pesan más que el grito. Y esos debemos escucharlos desde lo más profundo de nuestro ser, porque no todo se dice con palabras. La gran mayoría de nuestra comunicación es no verbal. Y luego queremos hacerle creer a los otros que no es así, que no es verdad. Cuando sí, cuando lo dicho, hay veces con pocas palabras, ya fue dicho con nuestro cuerpo en ese lenguaje universal de una mirada, un gesto, un movimiento sutil de nuestras manos y hay veces no tan sutil.

Hay silencios que pesan más que el grito, y aunque muchas veces quisiéramos mejor escuchar un grito, en realidad nuestro cuerpo no es ni siquiera capaz de dejarlo salir, de dejarlo ser, de que desde nuestro corazón salga directo al mundo sin pasar por ninguna otra parte que nuestra garganta. Porque es nuestro espíritu el que habla, es nuestra alma que necesita tener el volumen necesario para decirlo todo. Casi siempre, sin embargo, el silencio lo dice todo. Por eso lo estoy mamando tanto y más que nunca. Porque en cualquier melodía, un silencio hace la diferencia.

Y existen muchos tipos de silencio. Como en la música, ese lenguaje verdaderamente universal que tenemos los humanos y que deberíamos aprender todos desde antes de nacer, o al menos después… El silencio es también una forma de decir algo, aunque no escuchemos nada, e incluso puede ser más impactante que el propio sonido. El silencio es, por lo tanto, la ausencia de sonido. Muchos piensan que lo único importante es el sonido, pero la realidad es que, como en todo, necesitamos un punto de contraste para darle valor a los opuestos. Podemos decir que existe el sonido porque conocemos lo contrario, el silencio. Y creo que sin ese, y sin el verdadero significado dentro de nuestros lenguajes, podríamos relacionarnos.

Los silencios son los más importantes. Porque cuando son entre dos, o entre muchos, podemos verdaderamente escucharnos y saber qué queremos decir, o qué queríamos decir, o mejor aún, qué vamos a decir. En ese orden podemos escucharnos, escuchar al otro, inclusive cuando ni una sola palabra salga de sus bocas. La verdadera COMUNicación es eso. Una COMUNión. Y lograrlo sí que es difícil, sí que me ha costado a través de mi vida. Porque voy veloz, a la velocidad del rayo, y hay veces que ni escucho al rayo.

Nuestras familias son sordas. Cuando nos juntamos, no existe el silencio, y así, todos a la vez, no somos capaces de distinguir ninguna idea concreta. No nos escuchamos. No conozco una reunión más poco respetuosa que cuando muchos nos reunimos a querer hablar todos al tiempo. Qué poco silencio nos regalamos y, aunque a veces nos desborda la alegría, en el día a día de nuestras vidas, solo nos aleja, nos separa, nos distancia.

Hay silencios que pesan más que el grito. Y he vivido muchos silencios míos y he recibido también muchos silencios. Cada uno tal vez, creyendo que hace lo correcto. Pero si el silencio no es una forma de reflexión o de contemplación, sino una forma de respuesta en donde se queda reprimido lo sentido, hace más daño que un grito. A quien lo hace y a quien lo recibe. Porque algún día todo lo reprimido también saldrá de cualquier forma. Los silencios nos alcanzan… Y ellos se quedan como notas guardadas en alguna parte de nuestro cuerpo. Casi siempre cerca de nuestros pulmones o de nuestro corazón. Lo he vivido y se me cerró hasta el esófago durante diez meses, en un doloroso proceso en el que no resistí sentirme apartada, silenciada, callada.

Que el silencio no sea sino el disfrute personal de sentir la plenitud de nuestros instantes en libertad, en donde nuestro libre albedrío sea nuestro mayor regalo. Que sea la forma más hermosa de poder escuchar y escucharnos sin dejar reprimido nada. Que el silencio sea eso de poder estar en cualquier relación en donde el silencio sea el instante de más armonía y no el del desequilibrio que suele ser en cualquier relación. Porque si lo es, entonces que se detenga el tiempo alrededor, para que tomados de la mano seamos capaces de mirarnos a los ojos y decirnos: "¿Qué me quisiste decir? Nunca te escuché".

Hay silencios que lo dejan a uno sin aliento y decimos adiós como si fuéramos eternos y, aunque sí lo somos, en realidad solo es eterno nuestro espíritu; y para ver y poder sentir a esos, nos toma vidas.

Despues de leerme les dejo de regalo esta canción






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